PERSPECTIVAS

La Anestesia en Loja. Revisión histórica

Anesthesia in Loja – A Historical Review

Verónica Santiago-Villareal 1

    1. Docente de la Facultad de Ciencias de la Salud, Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL), Ecuador.

ORCID: 0009-0007-4351-262X

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Palabras Clave: Aspergilosis pulmonar invasiva, Aspergillus fumigatus, inmunosuprimidos.

Keywords: Invasive pulmonary aspergillosis, Aspergillus fumigatus, immunosuppressed

Fecha recepción: 06-07-2026
Fecha aceptación: 23-07-2026
Fecha publicación: 13-08-2026
DOI: 10.65183/revind.e17.05

Resumen

Las prácticas anestésicas y analgésicas proceden de tiempos remotos y se relacionan fundamentalmente con el empleo de opio, coca, mandrágora y alcohol. Los egipcios utilizaban opio, hiosciamina y escopolamina; esta última combinación tuvo continuidad, con variaciones, hasta el siglo XX como parte de la premedicación anestésica. La evolución de la especialidad se consolida a mediados del siglo XIX, primero con la anestesia por inhalación y posteriormente con el desarrollo de la anestesia local y regional (1).

Los primeros intentos para evitar el dolor incluyeron el empleo de adormidera, mandrágora, beleño y alcohol. Se llamó “esponja soporífera” a aquella impregnada con opio, beleño y mandrágora, utilizada desde la antigüedad como recurso para disminuir el dolor. En Asia se empleaban la adormidera, el hachís y el opio. Los romanos utilizaron la mandrágora, especialmente para procedimientos quirúrgicos. En la Edad Media, Teodorico de Luca (1205-1298), fraile dominico y hábil cirujano vinculado con la Universidad de Bolonia, recurrió también a estas prácticas. El vino y otros preparados alcohólicos fueron utilizados con fines anestésicos durante varios siglos. Philip Syng, físico de Filadelfia (1768-1837), recomendaba dosis elevadas de preparados alcohólicos para relajar la musculatura y facilitar el tratamiento de fracturas. El alcohol, en diversas presentaciones, fue empleado por distintas culturas con este propósito hasta el propio siglo XX.

Entre los precursores de la anestesia moderna se encuentra Sir Thomas Beddoes (1760-1808), quien estudió en Bristol la acción de los gases en el ser humano. Humphry Davy, en 1799, investigó en el laboratorio de Beddoes los efectos del óxido nitroso, incluida la euforia y el alivio del dolor. Henry Hickman continuó estas investigaciones y, en 1824, anestesió animales mediante gases. Más adelante, el dentista Horace Wells conoció los efectos del óxido nitroso durante una demostración pública y comenzó a utilizarlo en extracciones dentales. En 1844 realizó una demostración que no tuvo el resultado esperado y que afectó profundamente su trayectoria profesional.

En 1842, Crawford W. Long estudió los efectos del éter y lo empleó en cirugía menor. Charles T. Jackson también investigó sus efectos. El 16 de octubre de 1846, en Boston, William T. G. Morton realizó una demostración pública de anestesia con éter que llegó a ser reconocida como uno de los hitos fundacionales de la anestesia moderna en Occidente (2). Posteriormente, el 16 de octubre se consolidó como fecha conmemorativa de la anestesiología.

Luego de estas demostraciones, el uso de la anestesia se propagó rápidamente. En Inglaterra, John Snow se convirtió en uno de sus principales impulsores; desarrolló dispositivos para la administración inhalatoria y describió signos clínicos relacionados con la profundidad anestésica. Trabajó además con cloroformo y, en 1853, lo administró a la reina Victoria durante el nacimiento del príncipe Leopoldo, hecho que contribuyó a la aceptación social de la anestesia obstétrica (2). De esta manera se extendió el empleo de éter y cloroformo en la práctica médica.

Esta revisión recoge algunos de los principales antecedentes de la anestesia en Loja, combinando referencias históricas, documentos de época, testimonios y recuerdos personales vinculados con el desarrollo de esta práctica médica en la ciudad y la región.

Reportes nacionales

En Ecuador, los primeros reportes del uso de anestesia se relacionan con la dentística, hoy odontología. En Quito, en 1868, Ricardo Morris, cirujano dentista inglés, realizó extracciones dentales sin dolor; en 1873 se registra una práctica semejante por el dentista francés W. Schibby, con protóxido de nitrógeno. Más tarde, en 1874, se utilizó anestesia clorofórmica en el Hospital de Quito, en obstetricia, siguiendo las prácticas difundidas internacionalmente. El procedimiento fue realizado por los médicos franceses Esteban Gayraud y Domingo Domec, reconocidos cirujanos y profesores de la Facultad Médica.

En 1894 se reporta el uso de cloroformo en Guayaquil para anestesia quirúrgica. El Dr. Francisco J. Martínez Aguirre, fundador de la Facultad de Ciencias Médicas de esa ciudad y profesor de la Facultad de Medicina de Lima, figura entre quienes impulsaron la cirugía en el Ecuador. En ese mismo año, el Dr. José María Troya, profesor de la Facultad e iniciador de la cirugía en Quito, aplicó técnicas de asepsia y antisepsia y utilizó también cloroformo.

En diciembre de 1901 se utilizó éter en Quito para realizar una laparotomía, cuya ejecución correspondió al cirujano guayaquileño Dr. Julio Vásconez, graduado en la Facultad de Medicina de Nueva York, señalado como uno de los precursores de la anestesiología ecuatoriana.

En 1907, el Dr. Martínez Aguirre, en calidad de Ministro de Instrucción Pública, reestructuró las dos facultades de medicina y se impartieron conocimientos de anestesia como parte de “Medicina Operatoria y Clínica Quirúrgica”. Para esos años comenzaron a difundirse técnicas de intubación endotraqueal y se reportó la existencia de equipos de laringoscopia (3). Las fuentes consultadas no señalan con precisión quién administraba la anestesia; por ello, el autor considera probable que en muchos procedimientos esta función fuera asumida por el propio cirujano, mientras enfermeras, estudiantes u otro personal auxiliar vigilaban al paciente durante el proceso.

Casi medio siglo más tarde, en 1946, durante la inauguración de la Clínica del Seguro Social en Quito, la anestesiología había ganado importancia y se reportaba entre sus servicios la “Anestesia por gases”, inicialmente manejada por médicos norteamericanos, de quienes procedieron también las primeras experiencias con las máquinas respectivas.

En 1973 regresó a Guayaquil el Dr. Benito Murillo Cabrera como anestesiólogo y pasó a formar parte del proceso de consolidación formal de la especialidad en el país. En noviembre de ese año participó en la inauguración de la Escuela de Graduados de la Universidad de Guayaquil, que incluía un programa de anestesia. Otro programa se desarrolló en 1980, en el que participó la Dra. Violeta Albán; ese mismo año la Universidad Central del Ecuador inició también su formación de posgrado en anestesia (3).

Reportes locales

Los datos más antiguos sobre la anestesia y la cirugía en Loja son recogidos por el Dr. José Antonio Montero (4), quien sitúa al Dr. Benjamín Ayora Armijos, nacido en Loja el 28 de mayo de 1839 y graduado en 1864, como médico de la guarnición militar, donde practicaba medidas de asepsia y antisepsia en la curación de heridas. En mis investigaciones encontré que, el 29 de junio de 1892, el Ministro de Guerra informó sobre la disposición presidencial de establecer en la guarnición de Loja un cirujano con sueldo de capitán. Probablemente en el contexto de esta disposición, el 23 de marzo de 1899 fue nombrado el Dr. Modesto C. Burneo Palacio como cirujano de segunda clase del batallón Vengadores de Vargas Torres. Atendía a sus enfermos en el Hospital, regentado por cuatro Hermanas de la Caridad, y también en los propios cuarteles. Es posible que en algunas de estas curaciones se utilizaran procedimientos analgésicos o anestésicos, aunque no se dispone de una descripción específica de ellos.

En 1903 era médico del Hospital el Dr. Zoilo Rodríguez, mientras Tomás Aguirre Aguirre atendía al batallón “Vargas Torres”, luego de reemplazar a Burneo en 1902, cuando este fijó su residencia en Macará antes de retornar al Perú. También se encontraban en Loja Nicanor Ledesma y Juan Rafael Ojeda, quienes ofrecieron integrarse como cirujanos para acudir a la frontera con motivo de la instalación de un cordón sanitario destinado a prevenir el avance de la peste bubónica. No se dispone de información precisa sobre las técnicas anestésicas que utilizaron; por las prácticas de la época, es posible que algunas intervenciones se realizaran con recursos locales o regionales.

Cuando en 1909 Segundo Montero Carrión regresó de Quito como médico, llevó nuevos conocimientos en clínica interna, cirugía y obstetricia e imprimió un importante impulso al antiguo Hospital como director. Lo dotó de instrumental e instaló el primer autoclave de esterilización, contribuyendo al desarrollo de la asepsia, la antisepsia y la desinfección. El Dr. Virgilio Paredes Borja señala que en 1910, tanto en Cuenca como en Loja, ya se utilizaban asepsia y anestesia. Podría pensarse que se trataba de éter o cloroformo, agentes difundidos en aquella época, aunque la fuente no precisa cuál fue empleado. Un año más tarde, en 1911, la ciudad contaba con aproximadamente 12.000 habitantes y nueve médicos (5).

La evidencia disponible permite situar el uso del éter en Loja en 1922, cuando el Dr. José A. Montero realizó una laparotomía para histerectomía subtotal. No se conoce con certeza quién administró la anestesia; el autor considera posible que el propio cirujano asumiera esta función y que hubiese contado con apoyo del Dr. Z. Alfredo Rodríguez Alvarado, graduado en 1912 y quien, según el Dr. Luis Guillermo Reyes, mostraba especial interés por colaborar con los cirujanos y por la relación clínica entre anestesia y cirugía. Según el mismo informante, Rodríguez Alvarado ayudaba también al Dr. Alberto Reyes Andrade, graduado en 1922, quien junto con el Dr. Ramón Burneo, graduado en 1917, realizó varias cirugías en Loja.

En 1928, el Dr. Segundo Montero, subdirector de Asistencia Pública, anunció la llegada de instrumental procedente de Alemania para fortalecer las operaciones quirúrgicas. Aunque la referencia no especifica equipamiento anestésico, resulta razonable pensar que estas mejoras formaron parte de un proceso general de modernización de la práctica quirúrgica, dentro de la cual la anestesia todavía era considerada una labor secundaria (5).

Estos adelantos permitieron que el 26 de abril de 1930, en el Hospital Civil y Militar de la ciudad, se practicara una “Operación de Cirugía” por parte de los doctores César A. Domínguez, Luis Cueva, Ramón Burneo, Francisco E. Toledo y Alfredo Rodríguez (6). Debido a que los doctores Toledo y Rodríguez tenían un perfil eminentemente clínico, el autor considera posible que hayan participado en la vigilancia del paciente durante la anestesia.

En 1931 se encontraba en Loja, y especialmente en Catacocha, el Dr. Luis F. Apolo, quien atendía partos sin dolor, realizaba numerosas curaciones y efectuó una cirugía bajo anestesia general. También se reporta una cirugía realizada por el Dr. Alfonso L. Punín Ríos.

En 1932 se encontraba en Loja el Dr. Cornelio Reyes, quien continuó con trabajos de actualización de la cirugía y la obstetricia. En 1933 fue designado médico de la sala de hombres del Hospital Civil y, con el apoyo del Dr. Francisco E. Toledo, presidente de la Junta de Asistencia Pública, se adquirieron un autoclave, una mesa quirúrgica y nuevo instrumental, sentando bases importantes para el desarrollo de la cirugía. El Dr. Reyes Andrade hizo equipo con el Dr. Federico Tapia, graduado en 1927, quien se encargaba de la anestesia.

Cuando en julio de 1934 el Dr. José Antonio Montero estuvo transitoriamente en Loja, al ofrecer sus servicios quirúrgicos anunció también “Anestesia Moderna”. En ese período, entre julio y agosto, el Dr. Reyes, con el apoyo de los doctores Montero y Tapia, realizó la primera cesárea en Loja. Toda esta actividad fue contribuyendo a una mayor aceptación social de los procedimientos quirúrgicos como alternativa terapéutica, en una época en la que aún existía considerable temor frente a las intervenciones.

Alrededor de 1940 se registra en Loja el uso de “Trilene” (tricloroetileno), anestésico manejado por el Dr. Tapia. Este producto había sido descrito desde finales del siglo XIX y tuvo difusión posterior en distintos países. Su administración mediante dispositivos portátiles favoreció su utilización en diversos entornos. En el contexto local, su presencia representa una etapa de transición hacia técnicas anestésicas cada vez más diferenciadas.

En 1942 se graduaron en Quito los doctores José María Cisneros, Luis Guillermo Reyes Andrade, Máximo A. Rodríguez Witt, Carlos E. Cueva y Celso B. Palacio R., quienes regresaron a Loja. De ellos, los doctores Cueva, Reyes, Rodríguez y Palacio contribuyeron especialmente al desarrollo de la cirugía y, con ella, al avance de la anestesia, todavía estrechamente vinculada con la práctica quirúrgica.

Entre 1948 y 1956, el Hospital de Loja se encontraba dotado de instrumental moderno para la época y de equipos suficientes para la práctica quirúrgica. Entre ellos se cita una máquina de anestesia para gases “Ben Morgan”, probablemente una de las primeras utilizadas en la ciudad. Su presencia confirma que la anestesia por gases ya formaba parte de la actividad hospitalaria, aunque su administración no estuviera todavía exclusivamente en manos de médicos especializados.

Los datos estadísticos señalan que, en 1950, en el Hospital se efectuaron 132 cirugías. Para entonces probablemente habían regresado a esa casa de salud Luz Benigna Cevallos y Olga Matilde Ayala, enfermeras tituladas en Quito, becadas por la Asistencia Social de Loja con el propósito de fortalecer, entre otros, los servicios de maternidad y cirugía. Es razonable considerar que su formación contribuyó también al desarrollo de los cuidados relacionados con la anestesia y la recuperación de los pacientes.

A fines de los años setenta encontré, entre papeles desechados del entonces derruido Hospital, el registro de una histerectomía de emergencia practicada por el Dr. Carlos Cueva, con la ayuda del Dr. Hugo Guillermo González y con Sor Victoria, Hermana de la Caridad, actuando como anestesista. El registro estaba realizado en un formulario impreso y mostraba la secuencia quirúrgica y de recuperación, con anotaciones de pulso, respiración y tensión arterial perfectamente identificables y de gran caligrafía. Aunque no se observaba la fecha, debía corresponder a un período posterior a 1957, año en que se graduó de médico el Dr. González. Para mí, aquel documento constituye un testimonio particularmente significativo de una época en la que la anestesia seguía siendo administrada también por personal auxiliar.

De los informes de labores de la Asistencia Pública puede colegirse que, debido a la existencia de los “pensionados” en el Hospital, acudían allí médicos de la ciudad e incluso estudiantes de medicina lojanos que regresaban durante sus vacaciones y servían de ayudantes a los profesionales de planta. Como ocurrió en otros lugares, es probable que médicos jóvenes y estudiantes inclinados hacia la cirugía asumieran ocasionalmente funciones de anestesistas como parte de su incorporación al equipo quirúrgico. Ese habría sido el caso de distinguidos cirujanos como los doctores Alfonso Burneo Riofrío (1948), Humberto Castillo Franco (1968) y Jorge Ochoa Valdivieso (1974), a quienes podemos considerar entre los precursores de la anestesiología en Loja. Esta práctica continuó hasta los años setenta, cuando se recuerda entre el personal del Hospital a técnicos en anestesia como el enfermero Luis Valentín Torres y la Lic. María Augusta Bermeo, enfermera graduada en Quito, quien también administraba anestesia en la Clínica Santa Rita.

El 28 de agosto de 1959 la Clínica San Agustín abrió sus puertas a la ciudadanía lojana. Entre los profesionales que prestaban sus servicios se encontraba como anestesista la Dra. Violeta Albán de Rodríguez, quien ocupa un lugar singular en esta historia por ser una de las primeras médicas vinculadas de forma específica con la anestesia en la región. Una publicación de La Opinión del Sur del 6 de septiembre de 1959 la menciona entre el personal médico de la institución. Posteriormente, el 24 de junio de 1962, el mismo medio informó sobre una intervención de alta cirugía realizada en la Clínica San Agustín, identificando al Dr. Vicente Rodríguez Witt como cirujano, a la Dra. Violeta Albán de Rodríguez como anestesista y a los doctores Máximo Rodríguez Witt y Gilberto Vallejo P. como ayudantes.

La evolución de la anestesia también puede seguirse en otras instituciones privadas de la ciudad. El 12 de abril de 1962, un anuncio de la Clínica Cueva incluía al Dr. Alfonso Burneo en las áreas de obstetricia, urología y anestesia. El 3 de enero de 1963, otro anuncio de la misma institución ofrecía expresamente “Aparato de Anestesia” y “Parto indoloro”, junto con sus restantes servicios médicos y quirúrgicos. Estos avisos muestran que, a comienzos de la década de 1960, la anestesia comenzaba a ocupar un lugar visible dentro de la oferta asistencial local.

Hasta 1963, y posiblemente durante algunos años más, la labor de anestesista siguió siendo cumplida también por personal auxiliar al médico; en el Hospital General de Loja se recuerda específicamente la participación de monjas, enfermeras y enfermeros. Entre los técnicos y enfermeros vinculados con esta actividad se mencionan José Tenesaca, Augusto Jaramillo y Filadelfo Peña.

Otro dato de interés aparece el 18 de abril de 1973, cuando una publicación local señalaba que desde hacía más de seis meses no se nombraban médicos residentes ni anestesista en el Hospital “San Juan de Dios”. La referencia resulta significativa porque muestra que, para entonces, la figura del anestesista ya aparecía reconocida como una necesidad específica dentro de la organización hospitalaria.

A finales de los años setenta pasamos a formar parte directamente de esta historia y pudimos observar cómo las instituciones comenzaban a conceder a la anestesia la importancia que merecía. Una muestra de ello fue la creación de cargos para “médicos con conocimientos en Anestesia”. El Dr. Jorge Ochoa Valdivieso fue uno de los protagonistas de esta etapa: para la inauguración de la Clínica del IESS en 1977, siendo médico anestesista del Hospital Civil, pasó a prestar sus servicios como Tratante de Anestesia en dicha Clínica. Por entonces, en calidad de médico residente, fui asignado como su ayudante. El Dr. Ochoa fue además el primer profesor de Anestesiología en la Escuela de Medicina de la Universidad de Loja.

Por esos mismos años, algunos médicos comenzaron a interesarse en la anestesia como una especialidad en sí misma y no solo como un paso previo a la cirugía, como todavía se la consideraba en ciertos ámbitos. Entre ellos estuvieron el Dr. Patricio Aguirre A., graduado en la Universidad Central del Ecuador en 1976, quien se incorporó como residente de Anestesia en la Clínica del IESS a fines de 1977; el Dr. Vicente Factos Santander, graduado en la misma universidad en 1977 y quien llegó junto con otros colegas a realizar su año rural en el Hospital San Juan de Dios, contando ya con conocimientos de anestesia; y el Dr. Alonso Samaniego Ruiz, uno de los primeros egresados de la Facultad de Ciencias Médicas de Loja. Más tarde, luego de realizar pasantías en hospitales de mayor complejidad, especialmente en Quito, y de cumplir los requisitos formales de la Federación Médica, obtuvieron el reconocimiento como especialistas por parte del Colegio Médico. Algunos años después, el Dr. Samaniego Ruiz reemplazó al Dr. Ochoa como profesor de Anestesiología en la Escuela de Medicina.

Reflexión final

La historia de la anestesia en Loja no corresponde a un momento único ni a la llegada aislada de una técnica o de un especialista. Fue un proceso gradual, estrechamente ligado al desarrollo de la cirugía, a la modernización de los hospitales y clínicas y, sobre todo, al trabajo de médicos, religiosas, enfermeras, enfermeros, técnicos y estudiantes que, en distintas épocas, asumieron la responsabilidad de aliviar el dolor y vigilar al paciente durante los procedimientos quirúrgicos.

Con el paso de las décadas, aquella función inicialmente subordinada a la cirugía fue adquiriendo identidad propia. La aparición de máquinas de anestesia, el reconocimiento institucional del anestesista, la participación de médicos dedicados específicamente a esta actividad y, finalmente, la formación y reconocimiento de especialistas marcaron el tránsito hacia la anestesiología moderna en Loja. Parte de este proceso pertenece a la memoria recibida de quienes nos precedieron y parte corresponde a hechos que pudimos observar y vivir directamente; por ello, esta reconstrucción busca también preservar la memoria de quienes hicieron posible el desarrollo de la especialidad en nuestra ciudad.

Referencias

  1. Morgan GE, Mikhail MS. Anestesiología clínica. México: El Manual Moderno; 1995.
  2. Morgan GE, Mikhail MS. Anestesiología clínica. México, D.F.: El Manual Moderno; 1992.
  3. Paredes Borja V. Historia de la Medicina en el Ecuador. Quito; 1963.
  4. Montero Carrión JA. Maestros de ayer y hoy. Valores de la Medicina Ecuatoriana. Quito; 1962-1968.
  5. Archivo Histórico Municipal de Loja. Registros e informes históricos consultados por el autor.
  6. El Heraldo del Sur. Ejemplares conservados en el Archivo Histórico Municipal de Loja.
  7. Samaniego JJ. Cronología Médica Ecuatoriana. Quito; 1957.
  8. La Opinión del Sur. «Personal médico de la Clínica San Agustín». 6 de septiembre de 1959.
  9. Anuncio de Clínica Cueva. 12 de abril de 1962. Archivo Histórico Municipal de Loja.
  10. La Opinión del Sur. «Nueva intervención de alta cirugía en la Clínica San Agustín». 24 de junio de 1962.
  11. Anuncio de Clínica Cueva. 3 de enero de 1963. Archivo Histórico Municipal de Loja.
  12. Registro periodístico sobre falta de nombramiento de residentes y anestesista en el Hospital San Juan de Dios. 18 de abril de 1973. Archivo Histórico Municipal de Loja.

Cómo citar el presente artículo:

Aguirre P. La Anestesia en Loja. Revisión histórica. Perspectiva. Indexia. Agosto 2026.

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