PERSPECTIVA

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El generador de las ilusiones perdidas

The generator of lost illusions

Augusto Álvarez Toledo 1
1 Especialista en Pediatría y Neonatología.

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El haz de luz solar que, entrando por la ventana de la Cooperativa de Transportes Loja –apenas cubierta por la percudida cortina–, le activó la conciencia con un resplandor rojizo y lo puso frente a lo que le pareció una imagen-espejo de sus ojos, de verde-azul inconfundible. No se inquietó, dejó voluntariamente a sus párpados sin fuerza para evitar el sueño, y, a su cuello, en posición para alejar su cabeza del sol, que a intervalos irregulares penetraba tenazmente en el interior del vehículo y permitía visualizar las micropartículas de polvo, que ejecutaban una complicada danza, merced a los movimientos combinados de las corrientes de aire de múltiple origen. Trató de ganarle unos momentos más al sueño –casi lo estaba logrando–, pero un grupo de neuronas que se negaba a descansar, lo puso frente a un inexplicable desasosiego que lo acompañó durante todo su movido reposo.

Los ojos que lo miraban desde el asiento contiguo eran en realidad idénticos a los suyos, pero formaban parte del rostro dulce y hermoso de la muchacha que se sentó a su lado la noche anterior, a la altura de la «ye» de la carretera que llega desde la costa. El sonido de los frenos, el remezón característico de la parada, las voces del conductor y el ayudante, así como de quien o quienes iban a abordar el vehículo, lograron sacarlo del sueño, pero no lo suficiente, así que contestó con monosílabos, las preguntas de su novel compañera de viaje y reinició el sueño casi trunco.

Con esos ojos inquietándolo sin pausas, con el cansancio de las horas de camino irregular zarandeando su ya dolorido cuerpo, con sus recuerdos y esperanzas atacándolo con su pluridireccional proyección, pasó de un penoso estado de duermevela al sueño cuando ya se avistaba el villorrio. No sintió el último tramo de la vía que los recibió a la entrada del pueblo, con muchos más baches y polvo que antes; no se molestó como sus compañeros de viaje con esta circunstancia; no los vio salir poco a poco del bus, tampoco cómo desaparecieron paulatinamente por las calles de «Chuquimarca», y con ellos la mirada que tenía no sé qué de extraña curiosidad y conmiseración de la muchacha.

Logró hacer un espacio luego del almuerzo del sábado –había atendido desde las nueve de la mañana, muy cansado y con sueño, a los parroquianos que venían ese día desde los alrededores– y se instaló furtivamente en su cuarto, donde durmió casi dos horas. La siesta lo reanimó, aunque le costó quitarse de encima la sensación de sopor-pesadez de pensamiento, que le era tan conocida en esos casos. Luego del ritual vespertino de lavarse la cara con el agua, que él mismo trasvasaba de la jarra a la jofaina, cepillarse concienzudamente los dientes (tantas veces arriba, tantas veces abajo, como le enseñó su madre y le recalcó su maestra de primer grado), secarse con la toalla de uso exclusivo, se miró en el espejo y con desagrado se examinó la barbilla, donde hacía presencia y rememoración de la noche de farra un moretón.

Abandonó su pequeño cuarto-estudio-consultorio-dormitorio y se dirigió a la escuela, donde en la única aula tenía en ese momento que reunirse con los vecinos del lugar. Ya se contaban con los dedos de la mano los asistentes, y, en las polvosas calles, con paso poco apurado, convergente hacia el lugar, se acercaban otros más. Dedicó los minutos de espera a leer algunos carteles que colgaban en las paredes pintadas con cal: «Una buena nutrición es la base de un buen crecimiento» junto a unos dibujos en los que hasta camarones y langostas había, «el agua es salud», como título de una foto de unos niños rubios que retozaban en una alberca; el rostro risueño, «a colores», del presidente de la república –se le antojó que más que sonrisa era una burla, la que acompañaba a los ojos que miraban detrás del escritorio del profesor, todo, todo, hasta el último rincón del aula-.

Algunos parroquianos pasaron junto a él inclinando la cabeza, otros que ya lo conocían, por cuanto habían ido por el consultorio, le apretaron respetuosa-afectuosamente la mano y le decían: doctorcito, buenas tardes, ¿cómo está? Uno que otro lo quedó mirando con curiosidad. Poco a poco se fueron animando y conversaban en grupos.

La sesión protagonizada por las humildes personas del pueblo y anejos cercanos empezó cuando un hombrecillo esmirriado y de rostro serio, que sobresalía de sus vecinos por su poncho y sombrero en mucho mejor estado, los saludó a todos con una voz pausada y de tono alto, con palabras fácilmente comprensibles para su auditorio, por lo que pronto acaparó la atención, y sin pormenores abordó el tema de actualidad en la reunión: la compra del generador eléctrico para el pueblo.

–La importancia del generador es conocida por todos, compañeros; es un deseo muy viejo de este y otros pueblos cercanos, pero no ha habido una oportunidad tan clara de tenerlo hasta hoy, con el dinero que, como les consta, mi compadre, el diputado, ha conseguido del presupuesto nacional. Compañeros, a esto se suman otros factores, como la cercanía del sitio donde está en funcionamiento el aparato que nos ofrecen en venta, a precio tan rebajado y sobre todo la garantía de su funcionamiento por veinte años, ¡sin necesidad de reparaciones, compañeros!

Unía las palabras a un ademán repetitivo, que consistía en rascarse el borde del pabellón auricular izquierdo y continuar con un movimiento descendente que seguía por la mejilla, luego se estrujaba el mentón con toda la mano, seguía por el cuello e irremediablemente terminaba en el primer botón de la camisa, el mismo que, varias veces durante su intervención, hizo atravesar de ida y vuelta el ojal.

La mayoría de los presentes hacían movimientos afirmativos con la cabeza a cada explicación, a cada comentario de aprobación sin dudas que se escuchaba apoyando al dirigente, especialmente de las personas del grupo de donde emergió éste.

–De tal manera que solo necesito la aprobación de todos ustedes para concretar la negociación, compañeros.

El médico había buscado apoyo moral en los ojos del profesor, y, luego de tragar saliva y respirar hondo varias veces, casi había conseguido callarse.

–Señores, me van a permitir que diga unas cuantas palabras en este momento –cuando se dio cuenta de su acción, ya su cuerpo se había erguido y su boca decía las primeras palabras– que tienen como finalidad analizar algunos aspectos que, al parecer, se están dejando de lado. Me parece, en primer lugar, que no se ha considerado necesario consultar el precio de un generador nuevo; por otra parte, se requiere de un estudio de alguien que sepa sobre las condiciones en que se encuentra el generador que ofrecen en venta, y, desde luego, la alternativa de lograr una conexión directa desde los cables de alta tensión que pasan no lejos del pueblo.

Se produjo un azaroso silencio. El rostro del teniente político se mantuvo sin alteraciones aparentes, aunque apretó las mandíbulas y los labios.

Hubo rumores de opiniones divididas-contradictorias, algunos lo regresaron a ver y asintieron, otros esquivaban su mirada. Comprendió que su entusiasmo y buenas intenciones lo habían llevado a apresurarse en su comentario, pero también asumió que prácticamente no hubiera tenido otra oportunidad para manifestar su criterio.

Una vez asimilado el golpe inesperado de la intervención del médico rural, el teniente político levantó nuevamente la voz e hizo un espacio en el creciente murmullo.

–El doctorcito –se hizo casi palpable un tono de frontal desprecio y de intento de menospreciar al aludido– como recién viene y pronto se irá de este pueblo, no tiene idea del tiempo que ha tenido que pasar para que se presente la oportunidad de tener la luz eléctrica. Él, como acostumbrado que está a las comodidades de la ciudad, no conoce cómo se sufre en el campo sin comunicaciones… Ni la radio se escucha, a no ser las de pilas, que cuestan tanto y duran tan poco… Y, en la noche, la oscuridad, siempre la oscuridad. El doctorcito no sabe del humo de las lámparas de kerosene, del precio de las lámparas petromax; y, sin saber todo esto y más, trata de convencernos, de que podemos dejar pasar el tiempo en averiguaciones y gestiones…

–Yo solo trato de…

–No conoce de las horas y horas de angustia que se alargan, oscuras y sobrecogedoras, en la noche y en la madrugada al pie de la cama de un pariente o de un amigo enfermo. Tampoco conoce de las horas perdidas en conversaciones con uno y conotro tratando de conseguir la platita con que ahora contamos. Ni decir que es por intermedio de mi compadre, el diputado, –carraspeó, llenó el pecho de aire, miró a sus coterráneos y lo miró a los ojos, todo en un segundo y continuó–, que hemos conseguido la asignación. Con el diputado y con monseñor, con todos, he tenido, hemos tenido que hablar, y las rifas, los «bazares», y el tiempo dedicado sin esperar pagos, como lo conocen todos.

– Sin embargo, creo que…

–Tampoco sabe el doctorcito que es una verdadera suerte para este pueblo abandonado de la vista de Dios que el municipio del cantón vecino tenga en venta un generador General, que ha funcionado sin problemas, sin problemas –subió notoriamente el tono de la voz–, por veinte años. No creo que por el criterio posiblemente bien intencionado de un recién llegado, por más doctorcito que sea, se atrase y, en el peor de los casos, se deshaga un negocio conveniente para el pueblo, como todos lo comprendemos, pues en no más de un mes veremos las noches claras y sin miedos.

Se sintió verdaderamente golpeado, no esperaba una disertación de ese tipo, no allí, en la universidad hubiera sido otra cosa… pero en ese pueblito… Tenía lista una argumentación que incluía su buena voluntad, su entusiasmo, su ofrecimiento de realizar gestiones en poco tiempo, y la expresó lenta, dificultosamente, buscando las palabras más sencillas, pero convincentes.

El teniente político, pescó al paso su oportunidad y concluyó:

–Sean bienvenidas las palabras del doctorcito de todas maneras, si él quiere ayudarnos, en buena hora, y para que se vea que no hay nada oscuro en mi proceder, que se le autorice para que nos averigüe lo más conveniente para el pueblo.

La sesión se disolvió luego de que se aprobó la última propuesta. El doctor regresó a su habitación con las mejillas encendidas y el corazón agitado.

Había planificado para el fin de semana largo –el 3 de abril de ese año era Viernes Santo– salir a la capital de la provincia y realizar de buena gana las gestiones, que en cierta forma él mismo se impuso. Esa noche mientras fumaba un «King con filtro» y miraba desde el patio de atrás del centro de salud las luces que empezaban a individualizar las casitas de los campesinos en la noche, y más lejanas, delataban la posición de los caseríos de la parroquia que ya contaba con luz eléctrica. Mientras meditaba sobre la serie de actividades que tendría que realizar, oyó los sonidos progresivamente más cercanos de cascos sobre la calle de tierra, se detuvieron y una voz hosca- alcoholizada, mezclada con la respiración cansada de los caballos, rompió el silencio de ranas, grillos, viento, pasillo de radio de pilas a ratos audible.

– ¡Doctorcito!… Salga que tenemos que hablar.

Cuando, luego de atravesar la puerta que daba al patio, cruzaba el consultorio, vio a cuatro jinetes y pudo distinguir varias maldiciones y carajos unidos a la palabra ‘doctorcito’, dicha con sorna.

–¿Para qué soy bueno?

–Pues para que se vaya lejos de aquí, doctorcito.

–Y que sea pronto. Dijo otra voz.

–Conste que se lo advertimos, ¡carajo!

Lo había sospechado al oír las primeras palabras, sin embargo, la última frase le confirmó el hecho de que los visitantes estaban borrachos, o por lo menos se escudaban en unas copas.

Trató de dialogar con ellos, pero no estaban para escuchar razones, y solo una mezcla de imprecaciones y palabras relacionadas con su salida del pueblo era la respuesta a su intento. Poco duró el mal rato y caballos y jinetes pronto desaparecieron en la obscuridad.

Inquieto, regresó a la habitación, haciendo mil conjeturas sobre su situación que ya relacionó con el incidente de la tarde. No había transcurrido ni un cuarto de hora cuando oyó sonar la puerta, que se abrió para dejar paso a una figura humana que se dirigió hacia él diciendo:

–No haga ruido doctorcito, soy Manuel Pinta.

–Hombre ¡por Dios!, vaya que me asustó.

–La verdad es que vine con el grupo de gente del teniente político, pero, como yo le tengo gratitud a usted por lo de la pulmonía de mi nieto Manolito, tenía que conversar con usted. Bien sabe que yo vivo de arrimado donde el político, y él prácticamente nos obligó a tomar y a venir a amenazarlo. Usted sabe que yo no le haría ningún daño, pero hay gente mala que, por dinero o necesidad, si lo pueden fregar.

La conversación terminó tan de repente como había empezado y, ya solo en el cuarto analizó la situación que tan rápidamente había cambiado para él.

Salió a la capital provincial dispuesto a solicitar apoyo de las autoridades, para mantenerse en su puesto y hacer que las cosas se manejen rectilíneamente. Pero ya no volvió. La beca tan inalcanzable y anhelada para hacer la especialidad de cirugía en México era una realidad, casi tan inesperada como el problema del generador eléctrico.

Quince años son mucho, muchísimo tiempo, pero hay quienes parecen no darse cuenta de que el tiempo existe realmente, y de pronto son tan lejanos unos recuerdos, que tienen que recapitular año por año lo que han hecho o hicieron, y llegan necesariamente a la conclusión de que son tantas las actividades y sucesos pasados que, sin dudas, justifican con su número- presencia, el espacio-tiempo poco antes inexplicado.

De vez en vez, también ¿la memoria?, ¿el corazón?, ¿la vida misma? se inquietan, (¿sienten curiosidad?) y quisieran conocer qué pasó con algún recuerdo trunco, una vivencia inconclusa. Y muy pocas veces se tiene la oportunidad o las agallas de tratar de reencontrar esa hebra suelta del pasado.

Por supuesto, para el doctor Euclides Alfredo Miranda del Prado, ese estado de ánimo se le vino encima como una balsa en naufragio luego de que la «güera mexicana» que lo deslumbró en Xochimilco se le regresó con los dos «güeritos» para su tierra, sin propósito de enmienda.

Tenía dos semanas libres y ni la playa ni la ciudad grande le ofrecían una perspectiva de paz para su atormentado espíritu.

Me voy para «Chuquimarca», y punto.

Luego de bajar del bus, hubo de preguntar a varias personas, por la escuela.

El pueblito seguía igual de pequeño, pero estaba como acuarela antigua, abstracto, despintado, solitario. Apenas dobló la esquina, a través del ventanal, reconoció la figura larguirucha de Bolívar Gálvez Requena, su amigo siempre identificado con sus años de médico rural.

Conforme se acercaba, podía notar la cara casi sin modificaciones de más edad del amigo no visto hacía tantos años, pero notó enseguida que un rictus de dolor la endurecía contundentemente.

La sorpresa primero y la alegría después –fracciones de tiempo– no disminuyeron la expresión dolida del rostro del «profesor para siempre» del pueblo.

Los párvulos se regaron por el patio interior de la escuelita, en medio del griterío alegre producido por el recreo inesperado. Los amigos del tiempo de la medicatura rural aprovecharon lo que faltaba hasta la próxima hora de clases, y, por supuesto, fue el doctor quien ocupó la mayor parte de la conversación hablando de sus viajes, sus estudios, su consultorio, su hospital, su «tiempo para nada». Quedaron a encontrarse al mediodía, y así lo hicieron.

La «fonda» de la señora Lourdes recibió contra sus negruzcas paredes las voces de saludo de los amigos, luego los sonidos cristalinos del licor y de las copas que se vaciaban con demasiada frecuencia. Ya a media tarde, pasadas las cuatro, luego de las consabidas cecinas de chancho con yuca y cebolla picante, cantaron a viva voz las canciones de «aquel tiempo», repetidas una y otra vez por la grabadora –compañera de tantos años del profesor– y, cuando el entusiasmo decayó hacia las siete de la noche, le tocó el turno de abrir el alma al «amigo que se quedó», como lo repitió varias veces, «como macho mismo» en el poblado.

Y fue larga la historia triste que refirió el maestro, de como no tuvieron otro médico rural hasta dos años después; de cómo lo esperó y desesperó la maestra Liliana, a quien todos conocían que era medio alocada, pero que en realidad lo había amado y mucho; pues solamente cuando se supo que se fue a México, cansada de ir a la oficina de correos todos los días, aceptó casarse con él, cuando ya se le notaba la barriga. ¡Claro que él la amaba!… ¡Desde antes de que llegara el doctorcito y le rompiera los esquemas con sus ojos verdes!

Luego, el parto, la nena y la muerte.

Luego, la niña creciendo con los ojos del amigo perdido para siempre, y el recuerdo de tan pocas noches, con tan poco amor, con su Liliana.

Luego los años, la escuela, y ahora la soledad, mirando los ojos verdes de la hija, solamente en las vacaciones del colegio.

–¡Carajo!… y pensar que te fuiste por lo del generador.

El cerebro del doctor Miranda del Prado no atinaba qué problema- dolor enfrentar-aliviar; las copas y el cansancio no propiciaban las condiciones para un razonamiento. Su «güera» y sus «güeritos» se mezclaban con la cara triste que vio la mañana anterior en el espejo del baño de su consultorio; el rostro duro- cansado-tristísimo del profesor Bolívar se fundía con el rostro mitad Liliana-enamorada, mitad él mismo, que descubrió esa mañana en el bus, los gritos agresivos de los jinetes y el rostro sonriente y cruel del teniente político iluminado por una bujía eléctrica…. claro, la luz del generador.

Atenazó desesperadamente la palabra, y, tratando de darse una tregua, se oyó preguntar con una voz que desconocía: “Y… ¿el generador?”.

–¡Mira! –dijo el profesor Gálvez, llevando el índice de su mano izquierda amenazante hacia el bombillo que iluminaba el pequeño cuarto indolentemente– ¡Ha funcionado sin fallas todo el tiempo de tu ausencia!

Respuesta que no escuchó, porque el sueño y el alcohol lo llevaron a la pesada-bondadosa oscuridad de la inconsciencia.

Financiamiento

Los autores no recibieron financiación para el desarrollo de la presente investigación.

Conflicto de interés

Los autores declaran que no existe conflicto de intereses.

Como citar el presente artículo:

Álvarez A. El generador de las ilusiones perdidas. Perspectiva. Indexia. Diciembre 2023.